Cuando alguien me pregunta si me gusta mi trabajo, mi respuesta siempre es: ME ENCANTA. Y la realidad es que así lo he pensado siempre. Considero que la enseñanza es mi vocación desde que soy muy pequeña, y que los niños me hacen FELIZ.

Pero la semana pasada una persona me pidió que le describa detenidamente las cosas que me hacían FELIZ sobre ser maestra. Conteste con mucho agrado pero mientras daba mis respuestas, las analizaba y pensaba que talvez no estaba “disfrutando de mi trabajo” tanto como yo creía. No me malinterpreten, amo lo que hago, pero lo que sentí fue algo más complejo.

Y es que el ritmo de la vida se ha vuelto tan agitado que todo se ha convertido en rutinas. Y a veces estas rutinas hacen que nuestro trabajo sea simplemente eso “un trabajo”. Y es de esta manera que nos olvidamos de disfrutar las cosas más sencillas que nos da la vida día tras día.

Después de esta conversación mental conmigo mismo, decidí que el siguiente día iba a ser diferente, aunque lleve el mismo uniforme, y vaya al mismo salón de clases con los mismos niños, mi perspectiva iba a ser diferente ya que apreciaría todo lo bueno que tiene el trabajo que yo elegí.

Y el día empezó como siempre, los niños llegaban, saludaban y se ponían a jugar. Yo tenía que arreglar un material pero esta vez mientras lo hacía procuraba escuchar sus risas. Creo que nunca me había detenido a escuchar sus risas, parece tonto, lo sé, pero fue una sensación tan extraña y placentera. De repente llegó un niño “Hugo” al cual le encanta hacer todo lo contrario de lo que yo digo, y aunque ambos sabemos que nos queremos con locura, la realidad es que nos pasamos la mitad del tiempo en el juego del “gato y el ratón”, y hay veces que ya no sé ni cual es mi personaje. En fin, ya que había decidido que ese día iba a ser diferente, me propuse que durante la mañana iba a hacer una lista mental de todas las virtudes de Hugo, y la verdad es que fue muy fácil, me detuve a escucharlo todo el día. Siempre he dicho que Hugo es feliz, pero no me había dado cuenta lo gracioso que es y lo amable que puede mostrarse con los compañeros, y esto me pasó con algunos de mis pequeños, pude darme cuenta en un solo día de ciertas virtudes que no había visto en meses.

Otra cosa curiosa que sucedió durante el día fue cuando di la orden de que todos debían ponerse de pie para ir a trabajar a sus mesas, pero una de mis niñas “María” decidió quedarse acostada en el suelo, mirándome y esperándo que le llame la atención (lo cual hubiera hecho en un día cualquiera) pero como no era un día regular, decidí acostarme a su lado en silencio, ella se sorprendió, me sonrió, me abrazó muy fuerte y se fue a trabajar sin decir nada. Me quedé muy “asombrada” (la verdad no sé cual es la palabra correcta) de lo que había sucedido, María y yo nos ahorramos un “mal momento” solo porque opté por otra opción que no sabía que tenía.  Y así fue todo el día.

Y es que como ya mencioné, vivimos tan apresurados, corriendo detrás de un reloj que nunca descansa, quejándonos (o escuchando quejas) del clima, de la política, de los bajos sueldos, de TODO! y esto se ha convertido en nuestro estilo de vida. Nos hemos acostumbrado a ver el vaso “medio vacío”. Parece que no hubiera tiempo para disfrutar de todas esas pequeñas cosas que pueden “alegrarnos el día”, y es que ni nos damos cuenta que están ahí, a nuestra disposición todo el tiempo. Solo debemos cambiar nuestra perspectiva, y es que “una persona feliz no tiene un conjunto de circunstancias, sino un conjunto de actitudes”

 

 

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