Una mamá me llamó para pedirme ayuda con su hijo Javier de 4 años, ya que en la escuela le habían informado que el niño se encontraba por debajo de la media del grupo, además estaba presentando “conductas inapropiadas”. La mamá se escuchaba bastante preocupada, así que acordamos vernos en su casa.

Casualmente conocía a la maestra de Javier, y ella me comentó que era un “niño problema”, que siempre estaba malhumorado, le costaba mucho relacionarse y compartir, y la culpable era la madre por la falta de atención hacia el menor, era una madre ausente que no se preocupaba de su hijo. Además la maestra sospecha que los padres se han separado, y el niño dice que casi no ve a su papá. La única que estaba pendiente de Javier era su abuelita que por cierto era de avanzada edad. Me sorprendí al escucharla ya que, como mencioné, el niño apenas tenía 4 años, y sentí pena por su situación.

Llegué a la casa a la hora acordada para conocer al pequeño, me recibió la abuelita de Javier, y me dijo que la mamá aún no llegaba, y claro, pensé, “Qué poca importancia le da a su hijo que hasta llega tarde a la cita con la terapista.”

De repente lo vi a Javier, me saludó con mucha curiosidad. Lo vi muy sucio, y claro, pensé “Pobre niño, lo tienen así de sucio, no hay quien vele por él”. Le pregunté si me invitaba a jugar, y me respondió: ¿Si rompes un juguete sabrías cómo arreglarlo?, a lo cual respondí que intentaré ser lo más cuidadosa posible. Mi respuesta no lo dejó muy convencido, pero de todas maneras me invitó.

Al entrar a su cuarto de juegos, noté sobre la mesa varios juguetes rotos, se sentó a intentar arreglar uno de ellos, y me dijo: soy un doctor de juguetes.

Escuché la puerta y vi a la mamá entrar con el hijo mayor, Andrés de 7 años. Para mi sorpresa era un niño con Síndrome de Down, y con un coeficiente intelectual muy bajo. Y digo para mi sorpresa, ya que la maestra no me lo comentó. La mamá se notaba cansada, pero con muchas ganas de conversar conmigo.

Nos sentamos en el sofá mientras la abuelita ayudaba con los niños. Se disculpó por el retraso, y empezó a relatar su historia. Era una mamá joven de 26 años, casada. Hace 4 meses el papá de los niños decidió trabajar fuera de la ciudad para ganar un mejor sueldo, regresando a casa cada 15 días. También me comentó que ella tiene una hermana que quiere mucho a los niños, la cual solía vivir cerca y pasar las tardes con ellos, en especial con Javier, pero hace 2 meses contrajo matrimonio y ya las visitas no son tan frecuentes. Me dijo que Javier ha sido el más afectado por estos cambios, extraña mucho a su papá y a su tía. Me confesó que últimamente dedica mucho tiempo a su hijo mayor, por complicaciones en su salud, lo cual es completamente comprensible y justificado, pero también me dijo que intenta repartir su tiempo en ambos lo mejor posible, incluso renunció a su trabajo para poder cubrir las demandas de sus hijos.

Cuando llegamos al tema de la escuela, ella me dijo que no quiere justificar  los comportamientos de su hijo, pero cree que es un niño incomprendido por la maestra, y me dio sus razones:

  • La maestra se queja de que mi hijo llega con sueño, y lo refleja siendo irritable, pero no sabe que su hermano tuvo una crisis respiratoria muy fuerte hace un mes, y Javier en las noches se levanta muchas veces solo para observar a su hermano.
  • La maestra piensa que descuido su educación porque mi hijo falta a clases de vez en cuando, pero no sabe que es porque es solo cuando el papá llega de viaje, y el niño no quiere despegarse de él.
  • La maestra piensa que mi hijo es egoísta, pero no sabe que es porque su hermano suele lanzar sus juguetes, así que cuida mucho sus pertenencias y le cuesta compartirlas. Tampoco sabe que pasa horas en las tardes tratando de arreglarlas.
  • Ella piensa que no le dedico tiempo a Javier ya que casi nunca puedo ir a la escuela, pero no sabe que a pesar de que las mañanas se las dedico a mi otro hijo por sus dificultades, cuando por fin llego a casa mis ojos son para él.

En ese momento el pequeño Javier se acercó a nosotros con un plato con galletas diciendo: Mamá! Están listas las galletas que te preparé con la abuela!

Y claro, comprendí que la suciedad en su ropa que antes había catalogado como parte del descuido hacia él, no era más que harina  esparcida al hacer galletas para mamá.

Pero lo más importante fue que comprendí que nuestro mundo está lleno de prejuicios que constantemente causan un daño invisible a los demás. Comprendí que antes de lanzar cualquier opinión  debemos despojarnos de estos pensamientos sin fundamentos para así tener una visión objetiva de nuestro entorno.

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